martes, 23 de febrero de 2010

CRÍTICA Y DENUNCIA SOCIOPOLÍTICA EN LA OTRA SELVA

Por: yuli Romero y Angélica Estrada


La crítica sociopolítica referenciada en La otra selva está expuesta desde múltiples perspectivas, algunas de ellas más explícitas que otras, que surgen no de una lectura ociosa y fugaz sino de un determinismo más imbricado, buscando una elaboración de sentidos y una búsqueda de la verdad a manera de Ilustración, como corriente histórica, inscrita desde el siglo XVIII.

No sería apresurado lanzar la hipótesis de que La otra selva de Boris Salazar, es una obra literaria que entre muchos objetivos, pretende inscribirse dentro de un carácter de denuncia social, de toda la miseria corruptiva que envuelve a aquellas esferas nacionales que ostentan un poder político en el extranjero. Siguiendo este plano de ideas, podemos dictaminar que el tema de la denuncia social en La otra selva se centra en la crítica sociopolítica, enmarcada en el contexto de la explotación de los recursos naturales no renovables colombianos, como es el caso del petróleo, en La mancha negra.

Dicha obra, describe cómo el recurso petrolífero intensificó el deseo explotador de la élite colombiana, y se convirtió “en un proceso que llevó al ingreso al mercado capitalista de este territorio bajo una economía extractiva, en la cual la mimesis colonial se invertía y el colonizador se apropiaba del salvajismo del colonizado” , y en donde prevalecía el desdén por la riqueza y la corrupción, sobre los intereses nacionales colombianos.

Al respecto, desde El capitalismo tardío, Ernest Mandel señala que “Las concepciones tradicionales del mundo, del hombre y de la historia que constituyen el sistema de valores más allá de los dominios del pensamiento y la acción funcionales, son reprimidas como carentes de sentido o ya no juegan ningún papel significativo en la conciencia pública” .

En La otra selva esta concepción, de pérdida de valores es materializada en el personaje de La mancha negra, Carlos Adolfo Arrieta, quien antepone sus intereses al beneficio social y económico del país, valiéndose principalmente en el poder que ostenta a través de su cargo político. De igual manera y simultáneo a esto, se hace necesario señalar que las relaciones y condiciones en las cuales se quiere obtener tal recurso, están subordinadas a ciertas representaciones sociales, entendidas éstas como:

Formulaciones sintéticas de sentido, descriptibles y diferenciables, producidas por actores sociales como formas de interpretación y simbolización de aspectos clave de su experiencia social […]. De este modo, orientan y otorgan sentido a las prácticas sociales que esos actores, desarrollan en relación con ellas, y son modificadas a través de tales prácticas (Mato, 2001: 133) .

De esta manera, tales representaciones conforman el imaginario de una sociedad, que se constituye como un elemento estructural y estructurante, expuesto como un objeto de lucha para amplios sectores de la población, pero sobre todo para los intelectuales. En nuestro caso, el mencionado objeto de lucha, el petróleo, que cada día gana más adeptos y cuya explotación y obtención se hace más arduo, en la medida en que es monopolizado por los imperios contemporáneos.

Es imperioso indagar cómo en Colombia y en especial obras literarias como La vorágine de Rivera, se impregnan de cierto carácter de denuncia ante los atropellos, exponen y “construyen su poder y niegan socarronamente su carácter de ficción” , a partir de su tejido textual, lo que necesariamente termina permeando a otras esferas. Del mismo modo es indiscutible el importante papel que juega la realidad dentro de la ficción para recrear y de paso exponer las verdaderas circunstancias de un estado de cosas. Lo anterior también puede aplicar para La otra selva, en la medida que Salazar, como continuador de la obra de Rivera, pasaría a ser su voz y expondría sus alegorías en La mancha negra.

…¿La patria? Aquí en Nueva York, esa palabra se cubre de otros colores que no son el amarillo, el azul y el rojo. La patria, me diría días después el poeta Rivera, va tomando un color negro cuando se la ve desde aquí, desde las oficinas de las grandes compañías norteamericanas: el color negro del petróleo, el negro color de las levitas de nuestros prohombres que lo entregan todo a cambio de algunas dádivas .


Al respecto, Boris Salazar retoma el texto del que nunca se tuvo noticia de su culminación, y que alguna vez escribió José Eustasio Rivera, y desde allí continúa circunscribiéndose en la misma línea narrativa que una vez comenzara con La vorágine; el novelista ibaguereño intenta generar a su manera una secuencia racionalizada e imaginada de denuncia de los actos corruptos y sus actores, de los que Rivera hubiese esquematizado y materializado en su obra literaria. Un ejemplo de ello es cuando en la novela se hace alusión a la narrativa de Rivera: ““Pretensiones mesiánicas transpira la obra de este autor suramericano: de allí su nunca escondida tendencia a escribir los grandes males de su época, las grandes afrentas sociales que sus coterráneos sufrían, las grandes injusticias que herían su condición de hombre justo” .

Siguiendo con la temática riveriana, encontramos que la forma como presenta Salazar su texto literario es, más que una narración de hechos, la reescritura de la obra de Rivera, La vorágine, y por ende un texto que denuncia las injusticias sociales, de las que él mismo se ha enterado. En primera medida Rivera describe cómo en ésta novela se presentan las situaciones miserables a las que son sometidos sus compatriotas en las selvas, degradando y explotando su condición humana. En tanto que el narrador de La otra selva apela a la corrupción que se maneja en las esferas de poder, escondida detrás de la máscara que brinda el estatus de figura política pública.

¡Sueños irrealizados, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar? ¡Ved en lo que ha parado este soñador: en herir al árbol inerte para enriquecer a los que no sueñan; en soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer!


Por otro lado, Rivera revive ese mundo de un interior recóndito colombiano ignorado por muchos, aunque todos sepan que existe, y lo trae a la luz pública. Del mismo modo en La otra selva se intenta resaltar aquel mundo corrupto de la diplomacia exterior, que pocos ven porque ignoran que otros quieren por todos los medios ocultar.

En el caso de La otra selva es indiscutible entonces la articulación de la novela negra con los procesos sociales y culturales, que se vive principalmente en la sociedad occidental moderna. De esta manera, desde la perspectiva de Michael Foucault , el género negro y su relación con la modernidad permiten poner en relieve los discursos que, desde una perspectiva de poder, transita por el género. Recordemos que es Estados Unidos primero y América Latina después, quienes desarrollarán el llamado género negro que trasgrede la normativa establecida desde el canon europeo de finales del siglo XIX. “Escrituras que, en el caso latinoamericano, son movilizadas a partir de los períodos de dictadura, los cuales desplazan al criminal a un otro incubado en la figura del Estado” .

En este contexto cabe destacar la reflexión de Piglia, acerca de los relatos de la novela negra:
“En última instancia […] el único enigma que proponen –y nunca resuelven- las novelas de la serie negra es el de las relaciones capitalistas: el dinero que legisla la moral y sostiene la ley, es la única ‘razón’ de estos relatos donde todo se paga. […] son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas […] ante todo como síntomas” .


Por lo tanto es indiscutible la función que cumple parte de la novela policíaca, de hacer una denuncia ante los hechos de corrupción y los desmanes políticos en Latinoamérica y determinarlo como su tema favorito. Afirma al respecto Julián Morris en un artículo dedicado a la novela policíaca en Latinoamérica: “Así tal vez sería el recambio y la heredera de la antigua novela social del continente, que antes fue indigenista y luego fue obrerista, haciéndose cargo de ser una especie de voz de los sin voz” . La policíaca es uno de los géneros que mejor tensiona la problemática del estado, la política y la literatura y su vinculación estrecha con la ficción y la realidad. Al respecto, reitera Miriam Pino:

Me interesa indagar por qué un género de tan poco prestigio hasta hace algunas décadas fue una saludable vía de acceso a esa problemática. Mi conclusión es que mientras exista un estado y un sistema político corrupto, la narrativa policial seria un género que gozaría de buena salud.


En esta novela, Salazar insiste en trazar las fronteras entre la tierra amada y la tierra extranjera y determinar los derechos de explotación nacional sobre ella. Desde esta perspectiva, nuevamente Rivera encarnado en la voz de Salazar debe salir a la defensa y enfrentar a los usurpadores, a través del poder de su palabra en el escrito, y una vez más se tiene noticia del carácter de denuncia de la novela.
Con todo esto, es quizá ese dolor de patria lo que llamará a estos escritores a vincularse con el sentimiento de amor a su país y denunciar los atropellos que contra ella se cometen. Pues ya lo mencionaba Alexander Salinas , cuando refiriéndose a los escritores latinoamericanos de principios del siglo XX, comenta que:
Sentían que allí, en sus calles, las de Santiago, Río de Janeiro o Buenos Aires, el hombre indefenso seguía perdiendo la batalla contra el poder envilecido que organizaba la sociedad a su antojo. Por eso hicieron de la novela negra un lugar para recrear, evidenciar y decir a gritos lo que inundaba sus ojos y sus narices .

Salazar intenta de algún modo criticar, a través del narrador y los personajes, la manera cómo se ha construido y maquillado la historia para disfrazarla: “¿Acaso el mundo no ha celebrado lo hecho por traidores y espías a lo largo de la historia?¿Acaso no los han rodeado de historias heroicas, les han puesto faldas, los han dotado de cuerpos hermosos y sonrisas seductoras?” .

En la novela se hace mención al juego de realidades que se dan como oficiales en la construcción y mención de la historia, pues existe una gran distancia entre la realidad propuesta por la historia oficial, y la realidad vivida por quienes la construyeron y vivieron. Esto se ve muy claramente en La otra selva, cuando Salazar pretende mostrar a un Rivera concientizado de esta perspectiva, y de alguna manera incrusta este elemento en la obra, al mencionar La mancha negra como un aporía a la denuncia hecha ya en un principio, en La vorágine.

Así Salazar, como un continuador de la empresa emprendida por Rivera, se inscribe dentro de este género policíaco que realiza una crítica social. Foucault nos remite al siglo XIX, en el que se comienza una urbanización e industrialización en las sociedades y la necesidad de proteger los beneficios y riquezas, se ha entrado en una moralización rigurosa, lo que constituye un pueblo sujeto a la moral. En cuanto a la realidad social de la época, ya se vislumbraban elementos como violencia, corrupción, entre otros que hacían del medio un ambiente propicio para el cambio de valores; en el cual el contexto político-social en esta narrativa pasa a un primer plano, con: “La corrupción social, sobre todo en los ricos, se desplaza ahora hacia el centro de la trama, junto con la brutalidad, un reflejo tanto del cambio en los valores burgueses provocado por la primera guerra mundial, como del impacto del hampa organizada” .

Esto se denota en La otra selva cuando personajes como Arrieta o Lesmes encarnan el lado oscuro de los valores, se convierten en la contraparte del bien, siendo acusados de cometer ciertos actos desmedidos frente a la explotación de recursos de la riqueza natural colombiana, junto a la inmensurable avaricia que conmueve a sus actores, el abuso del poder indiscutible aliado con el que pondrían a marchar sus perfectos planes y lo que acarrea, por supuesto, una necesidad infinita de corrupción e injusticia; plenos elementos artífices de una elongación y extralimitación de sus deberes como altos funcionarios de la nación colombiana en el extranjero. Para todo eso se valen de un espía que día y noche llegue poco a poco a apoderarse de la vida de Rivera, incluyendo sus relatos.

Por otro lado el detective - que aunque pareciera ser desplazado a un segundo plano - es junto a Rivera y su conciencia patriótica, quien intenta poner en orden un estado de cosas, que de por si están en el más inmediato oscurantismo de las practicas malintencionadas de quienes buscan desangrar al país.

De un lado, como ya se ha mencionado, el detective connota con sus actos una búsqueda de la verdad, que perjudicaría a varias personalidades, ahonda más en los asuntos en los cuales se ha visto involucrado, y de una u otra manera, termina tomando partido en la situación, solidarizándose con quien cree que reúne las características y lucha por los mismos ideales con los que él se identifica. Después de mucho indagar y conocer a Rivera, el detective piensa que él es la persona más próxima con la cual puede compartir sus ideales y en últimas justifica y defiende su manera de proceder, hasta el punto de llegar a defenderlo ante sus patrones.

De la misma parte del detective se encuentra dibujada la silueta del poeta Rivera, quien en la obra es delineado desde su verdadera existencia y conciencia, las mismas que lo llevaron a denunciar tantos actos de barbarie de los que tuvo noticia y le pareció lo más honroso y decente que una persona debía hacer y el único recurso seguro que encontró para denunciar tanta injusticia y desmesurada maldad que se cometía en las selvas colombianas. Esta imagen de hombre de bien y concienzudo es lo que se deja traslucir en La otra selva: “El poeta, claro, no era un revolucionario, pero podría ser algo peor: un hombre justo que quería denunciar los excesos de los poderosos y la triste situación de los demás pobres, de los humillados y de los ofendidos” .

Y es en realidad ese mismo camino, de denuncia que se presenta en la otra obra ya mencionada de Rivera, La mancha negra, por el cual es perseguido y espiado, por quienes no les conviene que se penetre una verdad que no es benéfica para todos. De lo anteriormente dicho hay que hacer un énfasis en las cuestiones de mayor envergadura y que son finalmente las que construyen las razones y sus funciones dentro de la obra.

Primero que todo hacemos referencia a la aproximación que hace Boris Salazar de la imaginada escritura de la obra de José Eustasio Rivera, de La mancha negra, como aporía de La vorágine. En este espacio, Salazar se da el lujo de apropiarse de un discurso suficientemente elaborado para poner de relieve las realidades que unen su obra a la de Rivera, en cuanto al carácter de denuncia que las cubre a ambas.

De esta manera está señalada la corrupción y la complicidad de las altas esferas del poder en asuntos relacionados con el manejo extraoficial que se hace de ciertas negociaciones y se incluye así un segundo elemento relacionado con las dimensiones sociopolíticas en la novela.

Un tercer elemento son los ideales relevados en la obra, de reivindicación con la historia y construcción de los procesos culturales y sociales, mediante una crítica cultural hacia la memoria histórica de la nación. Estos deseos vienen de la mano de una conciencia ideológica reformista del autor, enmarcada en un discurso que permite reflejar la preocupación por las desigualdades sociales, la condición imperialista de los aparatos de poder y la explotación económica de los recursos naturales del país.

Al final, la novela, incorporada dentro de la narrativa policial, asume y cuestiona las relaciones sociales y políticas en un contexto en donde conviven la violencia social y todas sus crisis políticas económicas, morales y culturales; con serias intenciones denunciativas y desavenencia frente al detrimento de los valores que han problematizado la reciente historia nacional, tratando de impugnarlas mediante los ejercicios concienzudos que solo ofrece la escritura literaria.






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